En su nuevo libro, traslada a Monterrey la violencia a las mujeres rusas en la guerra.
La historia que el escritor David Toscana (Monterrey, 1961) cuenta en su nueva novela Los puentes de Königsberg nació de dos obsesiones de su infancia: la lectura de las “pesquisas” en los periódicos y el afán por intentar resolver un acertijo matemático: cómo atravesar los siete puentes de Königsberg (hoy Kaliningrado) pasando sólo una vez por cada uno de ellos.
Sin embargo, su reciente novela publicada por Anagrama y de la cual KIOSKO ofrece un adelanto, va más allá de ese par de anécdotas ya de por sí enloquecedoras; el relato construido por varias voces, pero relatado por un jovencito regiomontano apellidado Gortari, plantea varios temas fundamentales: la historia, las guerras y las masacres que traen consigo, las agresiones contra las mujeres, las niñas desaparecidas, la literatura, el teatro, la locura y las esperanzas rotas.
El narrador que alcanzó el reconocimiento con novelas como Santa María del Circo, Estación Tula y El último lector, emprendió una nueva historia protagonizada por seres miserables, crédulos y hasta ingenuos -como lo hizo en su anterior obra, El ejército iluminado,- para hablar de Königsberg y Monterrey en tiempos de la Segunda Guerra Mundial (SGM), cuando la ciudad de Prusia Oriental fue escenario de batallas entre el ejército rojo y los alemanas, que casi la destruyeron.
Alentado por el interés que en su infancia tenía por las “pesquisas” y por aquel acertijo matemático que nunca pudo resolver, David Toscana quiso contar la historia de Köningsberg porque le resultaba atractivo que en esa ciudad se habían librado tales batallas, pero también porque allí nació Immanuel Kant, el filósofo alemán de quien le interesan sus ideas sobre lo sublime. Toscana asumen siempre que “una novela debe ser algo sublime”.
Ayudado por una tercia de ebrios y locos regiomontanos: Floro, Blasco y El Polaco -intercalando las “pesquisas” que durante los años 60 aparecían en el periódico regio El porvenir, donde se buscaba a niñas desaparecidas ofreciendo sus señas particulares y sus foto- y con base en la historia que una profesora cuenta a un alumno sobre la vida en Königsberg, Toscana enlaza las historias de Monterrey y de Königsberg.
El escritor -que ha obtenido varios premios como el Antonin Aratud y el Casa de América-, traslada a Monterrey la violencia, los bombardeos y las violaciones a las mujeres rusas durante la Segunda Guerra Mundial, las revive en una ciudad que enfrenta sus propias luchas y locuras, pero no libra batallas de exterminio, sino que padece las jornadas en la fundidora, la existencia en la cantina Lontananza y el dolor de familias que no encuentran a sus hijas.
—¿Qué tiene que ver Königsberg (Prusia Oriental) con Monterrey?
—En los mapas antiguos, Königsberg aparece con su nombre latín: Mons Regius y sus habitantes se hacían llamar regiomontanos. Pero mi interés por esa ciudad viene desde niño, por mi libro de acertijos matemáticos en el que aparecía el problema de los siete puentes de Königsberg. Pasé tiempo tratando de resolverlo -cosa imposible- y en el proceso imaginé esa ciudad de caballeros teutónicos. Al final la conocí por su historia y me interesó porque bien podría ser la ciudad que sufrió la mayor destrucción en la Segunda Guerra Mundial.
—¿Qué hay en común entre el filósofo Kant y Floro, ese actor, contador de historiar e ilusionador regiomontano?
—No creo que sea muy bueno comparar a Floro, un pobre diablo, con una de las mentes más sagaces que ha dado la humanidad; pero en todo caso ellos son polos contrarios. Kant se cuestiona los límites de la razón; Floro explora los límites de la sinrazón.
—¿La guerra de Königsberg es letal; cómo es la guerra de Monterrey?
—En Monterrey no hay guerra; hay, como en todo México, un montón de políticos bañados en lodo y les gusta salpicar. Mucha gente tiene que sufrir y morir para que ellos engorden.
—¿La historia de “Los puentes de Königsberg” es un alegato a favor de la vida y la civilización, un grito de auxilio como dices en la novela: “es algo más que vida contra muerte, es civilización contra barbarie”?
—Prefiero no hacer alegatos, mi búsqueda es más estética que intelectual o moral o social. El significado de la historia está para que lo descifre el lector, ni siquiera tomo partido claro en favor o en contra de las posturas de mis personajes, como su tibia pedofilia ni sus simpatías nazis o su visión del mundo o su concepto de belleza. Esa frase la pronuncia un personaje con simpatía por los alemanes; así que el lector puede elegir que el significado sea “barbarie contra barbarie”.
—Hay una afán por concentrar tiempos, historias, lugares, personajes, imaginaciones, realidades, sueños, culpas, batallas, masacres y guerras en esta historia, ¿Por qué?
—No sé. Supongo que es mi forma de ver la novela, pues en una novela, distintas historias, personajes, tiempos y geografías se pueden unir en un mismo elemento. Bendita sea la novela.
—¿Si en “El último lector” hay un hombre que echa a la humedad las historias que no lo tocan, en “Los puentes de Königsberg” hay dos hombres que crean historias para mantenerse vivos en este mundo?
—Contar historias es la característica más humana del hombre. Lo hacen los niños al llegar de la escuela, los adultos al presumir sus logros, la prensa, las señoras cuando se junta, los libros religiosos son colecciones de relatos, todos nos comunicamos con historias. Floro y Blasco no son la excepción. Necesitan historias para imaginar, para enamorarse, para creerse más valientes de lo que son y con menos años de los que tienen.
—¿Desde cuándo te interesan las “pesquisas”, las desapariciones de niñas?
—Desde mi infancia, en los años 60, era muy común encontrar pesquisas en el periódico, generalmente con la foto de la niña en su primera comunión, pues en ese entonces la gente se fotografiaba muy poco. Las niñas se perdían y nadie las encontraba. Me asomaba por la ventana por si veía pasar a una de ellas; entonces la tomaría de la mano para llevarla a su casa. En aquel entonces estaba muy vigente entre los niños la figura del “robachicos”. A mí me espantaba pensar que tantas niñas se iban en el costal del “robachicos”. Luego crecí un poco y supe que el famoso “robachicos” era un personaje noble comparado con la verdadera suerte de las niñas perdidas.
Por Yanet Aguilar Sosa
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