Arturo Pérez-Reverte muestra en El asedio el acecho de los franceses y de la insurrección de las provincias de ultramar. Con autorización de Alfaguara, publicamos un extracto.
Buenos días. Cómo está usted. Buenos días. Salude a su esposa de mi parte. Buenos días. Adiós, mucho gusto. Recuerdos a su familia. Innumerables diálogos rápidos y amables, sonrisas de conocidos, alguna conversación breve interesándose por la salud de una esposa, los estudios de un hijo o los negocios de un yerno. Lolita Palma camina entre los corrillos de gente que charla o mira los escaparates de los comercios. Calle Ancha de Cádiz, a media mañana. El corazón social de la ciudad, en todo lo suyo. Oficinas, agencias, cónsules, consignatarios. Es fácil distinguir a los gaditanos de los forasteros emigrados observando su actitud y conversación: éstos, inquilinos temporales de posadas de la calle Nueva, alojamientos de la calle Flamencos Borrachos y casas del barrio del Avemaría, pasean ante las vitrinas de las tiendas caras y las puertas de los cafés; mientras los otros, ocupados en comisiones y negocios, van y vienen atareados con carteras, papeles y periódicos. Unos hablan de campañas militares, movimientos estratégicos, derrotas e improbables victorias, y otros comentan el precio del paño de Nankín, el añil o el cacao, y la posibilidad de que los cigarros habanos suban más allá de 48 reales la libra. En cuanto a los diputados de las Cortes, a estas horas no pisan la calle. Están reunidos en el oratorio de San Felipe, a pocos pasos de aquí, atestada la galería de pueblo ocioso —el asedio francés tiene a muchos de brazos cruzados en la ciudad— y cuerpo diplomático inquieto por lo que allí se cuece, con el embajador inglés mandando informes a Londres en cada barco. No será hasta pasadas las dos de la tarde cuando los constituyentes salgan y se dispersen por fondas y cafés comentando las incidencias de la sesión de hoy, despellejándose mutuamente de paso, como suelen, según ideologías, filias y fobias: clérigos, seglares, conservadores, liberales, realistas, coriáceos carcamales, airados jóvenes radicales y demás especies, cada uno con su tertulia y periódico favoritos. España y sus provincias de ultramar, en miniatura. Varias de ellas insurrectas, por cierto, aprovechando la guerra.
Por Arturo Pérez-Reverte
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