Por: Diana Gutiérrez
'Para salvar el mundo' se inspira en una acotación que leyó sobre 22 niños huérfanos portadores de la cura contra la viruela
Ciudad de México (18 de junio de 2008).- Ya avecindada en Estados Unidos, a los 10 años, la escritora dominicana echó de menos los relatos de su nana "Chucha". La niñera era haitiana, vestía ropas color morado hasta para dormir y, al final del día, se acostaba a descansar en un féretro que había adquirido para cuando le llegara la muerte.
"Llegué a una escuela estadounidense y sólo había libros bien aburridos, llenos de datos para memorizar. Yo venía de una cultura, sumida por una dictadura, entonces la gente no escribía porque ser lector te volvía sospechoso. Pero sí que había oralidad; me encantaba oír las historias de Chucha", comenta la autora de la novela Para salvar el mundo, recién editada por Alfaguara.
Pero lo peor se presentó en el desprecio de los niños y profesores hacia los otros que se atrevían a pronunciar una palabra en español; los audaces recibían castigos menores de parte de los docentes, pero los infantes, con crueldad, les escupían.
Hasta que Julia conoció a una maestra más tolerante, quien le obsequió algunos libros y solicitó a la niña que escribiera aquellos cuentos fantásticos de la institutriz latina.
"Tuve que hacerme de un mundo interior y me di cuenta de que al leer las historias en clase, los niños que antes me ofendían, ahora se reían o se intrigaban. Vi que esa era una manera de ser Sherezada y encantar al enemigo a través de los cuentos", señala.
La escritora, dice, comprendió que su país no se hallaría en un mapa, sino en la imaginación.
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