Sobre la obra:
Casi todos tenemos —en algún rincón, en algún tiempo— colgado un retrato de nosotros cuando éramos niños. Ahí desde la pared, nos mira con insistencia el niño que fuimos y que parece decirnos que hubo un tiempo en el que pudimos escoger el camino a transitar. Porque existen infancias en las que se debe escoger entre el ángel que revolotea a nuestro lado o el de las llamas que iluminarán nuestra existencia. Para alguien como Xavier Velasco, el autor de Diablo Guardián, apostar por el fuego eterno era ir a lo seguro, aunque pareciera escucharse el batir de beatíficas alas a lo lejos.
Porque en Éste que ves la dualidad bien/mal está tan presente como la imbricación entre la verdad y la ficción. ¿Cuánto de lo que narra Velasco pertenece a la infancia que vivió y cuánto es parte del reino de la imaginación? No importa. Lo que resalta en esta obra es el tono intimista que logra conectarse con el lector y el oficio narrativo de Xavier, quien ha sabido darles ese soplo de vida a todos los que habitan su libro.
Niño beatífico que cuenta su historia o más bien los demonios que lo atormentan, pues aunque acaricia las llamas del Infierno vive el terror de que sus padres lo descubran y lo manden al hospicio, sitio que su infantil temor ha transmutado en una sucursal de esas llamas eternas. Temeroso de los designios de Dios, vive con el alma a punto de la perdición y cree que sólo cuando haga la comunión podrá librarse de sus pecados.
Niño demonio que se le pierde a sus padres en el centro comercial más grande del mundo y que es capaz de patear a uno de sus pocos amigos hasta sangrarlo —aunque después sienta una culpa muy grande, porque poco después ese mismo amigo moriría de forma repentina—; que escucha secretamente el radio para escuchar a Raphael y los Beatles, aunque no se atreve a pedirle a sus padres un disco del cuarteto inglés; que se enchufa por detrás a quien se descuide, aunque en su casa piensen que sigue viendo Bambi. Porque si bien el bondadoso niño Xavier hace creer a sus padres que es un dechado de buenos modales, de conducta intachable, lo verdaderamente cierto es que es capaz de mentir, de robar, de golpear a traición sólo porque le dio la gana y hasta —Dios como testigo— de agacharse hasta donde su corta estatura daba para verle los calzones a sus maestras.
Niño creador que va tejiendo sus historias para que los adultos se las crean y que —las mentiras verdaderas de Vargas Llosa— prefiguran al escritor que vendrá después. Desde temprano, Xavier se da cuenta que contar una mentira no tiene chiste si no va acompañada de otra más elaborada y así al infinito. Por ello, esconderá entre revistas de Walt Disney y Batman, las que verdaderamente le interesan: La familia Burrón, Hermelinda Linda, Los chamuscados o El tío Porfirio. Mientras, leerá del libreo familiar Las mil y una noches, los cuentos de los hermanos Grimm (Había una vez) o La cabaña del tío Tom.
Finalmente, tal vez esta última sea la verdad que más se acerque a lo que en el fondo Xavier quiere contarnos. La escritura de la escritura. Porque lo único que prevalece del niño en el adulto es esa pasión que descubrió por casualidad al ir armando sus propias historias. Esa sensación de conectarse con el público que lo lee. Como aquella primera vez que leyó su primera historia frente a toda la clase y que, atentos, lo siguieron hasta la última frase.
Historia de una infancia parecida a esos avioncitos de papel que a Xavier le gustaba aventar en clase: planean con suavidad para caer en el regazo de quien tenga la mirada atenta y los abrazos abiertos.
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