José Saramago vuelve a sorprendernos con una joya literaria que recupera algunos de sus recuerdos de infancia y adolescencia. La pequeña aldea de Azinhaga es el punto de partida fundamental del libro: allí nació, y allí regresaría en los días de las vacaciones, el joven José. Es el tiempo feliz de la primera infancia: la ascensión a los árboles, la caza de renacuajos, la soledad mágica del bosque. Poco después llegarían el tiempo de la emigración forzosa a la ciudad, a Lisboa, donde la familia De Sousa (pues Saramago era en realidad el apodo que recibía la familia en el pueblo: el relato de cómo llegó a figurar en el registro civil es por sí solo una delicia) comenzó un arduo peregrinaje por las casas más humildes de la ciudad, y por fin las primeras lecciones en el colegio y más tarde en la escuela industrial donde el brillante estudiante aprendería el oficio de cerrajero. De esta manera, podemos saber cómo eran sus padres, sus tías, sus abuelos, cómo vivían, cómo pensaban, qué hacían, qué decían. Es también el recuerdo de las personas que se quedaron en el camino, el hermano fallecido a los cuatro años, el viejo zapatero «gastado antes de tiempo», el pintor de cerámica, los amigos de la escuela…
Y como telón de fondo, una época convulsa —la guerra civil española, el nacimiento de las dictaduras de Hitler y Salazar— como marco para una infancia difícil marcada por la pobreza, las diferencias sociales, la crueldad de niños y mayores. José Saramago, desde la distancia, narra sin tapujos los hechos que marcaron su carácter y que le abrieron los ojos para contemplar el mundo que después recrearía en sus novelas.
Los recuerdos y las imágenes saltan adelante y atrás en el tiempo, al hilo del ejercicio memorístico, y ofrecen siempre un estilo directo, de una desnudez admirable. Más que simplemente unas memorias (el autor prefiere llamarlas «memorias pequeñas de cuando fui pequeño»), éste es además un libro acerca de la memoria, del modo en que el escritor, desde la madurez plena, selecciona y rescata aquellos hechos que marcaron su vida. En ocasiones, Saramago llega a desconfiar de sus recuerdos, encuentra un hilo, tira de él, lo somete a examen, lo contrasta con otras vivencias, rectifica, avisa al lector, le ofrece más de una posibilidad y admite, a veces, que puede tratarse de un recuerdo inexacto. Toda una reflexión acerca del paso implacable del tiempo y la construcción inconsciente de la memoria que invitará, en más de una ocasión, a despertar los recuerdos propios. Y, como siempre, Saramago celebra con sus lectores el poder de la palabra: de esas palabras que aprendía a leer, sin comprender aún su significado, en el periódico que su padre llevaba a casa, de aquellas palabras que se perdieron en el devenir del tiempo y que ya no nombran nada. Muchas de las historias narradas resultarán familiares porque de ellas nacerían, tal como cuenta el escritor, algunas de sus novelas, como Todos los nombres, que se gestó cuando trataba de averiguar la fecha de defunción de su hermano.
Con un estilo sencillo y desnudo, Saramago describe los hechos, grandes y pequeños, que nunca, desde aquellos tiernos años, han logrado desvanecerse en el tejido del recuerdo. De todos ellos, los más vívidos serán aquellos que acompañaron el despertar de su vocación de escritor: las largas horas pasadas en la encrucijada de los ríos que bañaban las tierras de cultivo de la aldea, las carreras entre los olivares, la contemplación del atardecer, la luna más luminosa que jamás alcanzara a ver mientras conducía los cerdos a la feria junto con su tío Manuel, la felicidad de acabar la tarea encomendada por su abuelo bajo una lluvia torrencial, la magia de los cines de barrio de Lisboa, la contemplación del cielo estrellado junto a su abuela en el ocaso de su vida, el arraigo a la tierra, la soledad meditabunda del adolescente…
Las últimas páginas del libro, como colofón, guardan una agradable sorpresa: un pequeño álbum familiar que recoge algunas fotos, comentadas por el propio autor, que muestran al pequeño Zezito, la sonrisa pícara del adolescente, el único retrato de su hermano, la humildad de sus abuelos, la dignidad de los padres y, por encima de todo, la huella inevitable del paso del tiempo.
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